La mujer de virtud negociable y el teléfono

Para que las almas más jóvenes puedan comprender el sentido de estas palabras hay que partir contextualizando y sabiendo que antes, cuando quien escribe estas líneas era un niño, no existían los teléfonos celulares ya que los teléfonos eran fijos (estaban en un solo lugar) porque tenían cables, y sólo podían hacer llamadas.

Quienes querían hacer una llamada y no tenían teléfonos en sus respectivas casas tenían que ir a un teléfono público, que  era un dispositivo al cual le ponías una moneda de 100 pesos, marcabas el número y podías hablar algunos minutos.

Pues bien, me crie con mis abuelos, quienes ejercían el comercio, y tenían un pequeño local comercial justo frente a su casa.

En algunas ocasiones acudía a tal local comercial una mujer bastante grande , que vestía llamativas ropas y que utilizaba este teléfono público que mi abuelo tenía en su local.

Dicha dama canjeaba 1 billete de 5.000 pesos por 50 monedas de 100, y se disponía a hacer muchas llamadas por aquel teléfono de color rojo.

Algunos de los diálogos de esta doncella partían inequívocamente de una y otra forma así:

  • Hola mi amor, te extraño tanto ¿Cuándo me vas a venir a ver?
  • Hola mi vida, te necesito, me tienes toda botada acá, ¿Cuándo nos juntamos?
  • Hola mi cielo, ¿Por qué me tienes solita acá?, extraño tus besos.
  • Hola mi rey, tu sabes que te amo, ¿Tu no me amas a mi?

El problema es yo pensaba que era a la misma persona a la que llamaba en múltiples ocasiones, al amor de su vida, para que la viniera a ver. Insistía, en su afán irrenunciable de encontrarse con su Romeo.

¿Por qué será tan persistente? me preguntaba en esa época.

Al poco tiempo pude comprender que en primer lugar esta mujer en realidad no amaba al hombre al cual llamaba, en segundo lugar que llamaba a varios varones, y en tercer lugar que en realidad no amaba a ninguno de los destinatarios de sus llamadas sino que básicamente estaba utilizando una estrategia de tele marketing para transformar sus convocatorias amatorias en ingresos pecuniarios para su emprendimiento carnal.

Cuando después de un tiempo logré unir todos los cables de esta historia, seguramente puse una cara inequívoca de reprobación frente a tal oficio, nada más y nada menos que una trabajadora del amor, una agente de la pasión.

Seguramente mi ofuscación fue tan grande que mi abuelo reaccionó y me enseño una de las mejores lecciones vitales sobre el trabajo, el amor y el no juzgar a las personas tan rápidamente cuando me dijo:

– Hijo, ¡todos los trabajos son dignos!

Etiquetas:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *